El árbol de Navidad

La imagen del árbol de Navidad va usualmente ligada a un tipo determinado de árbol oriundo de las regiones septentrionales de Europa, por lo que todo parece indicar que, si tuviéramos que buscar sus orígenes en alguna parte, estéticamente hablando, sería en los territorios norteños del continente. Pero antes de centrarnos en el típico pino o abeto que tenemos en mente, hay que partir de la base cultural siguiente: a lo largo y ancho de Europa encontramos un culto al árbol constante y cíclico, ya sea a partes, en troncos, en ramitas, en hogueras o en piezas plantadas en el centro de la plaza del pueblo.

Dicho esto, tengo que afirmar de antemano que, a título personal, para mí lo mismo da el Tió, que el Yulelog (tronco de Navidad), que el abeto de Navidad. De hecho, si tuviera que escoger un forma realmente “old school” de celebrar ese culto al árbol sería, en mi caso, decorando un roble con comida y luego quemarlo, pero a esto dedicaré un artículo enterito, ya me habéis dado una idea genial sin saberlo. Pero los tiempos cambian, y las tradiciones se reescriben a sí mismas para hacerse prácticas y mantenerse vivas.

 El origen del árbol de Navidad y sus adornos en Europa

 El árbol es un ente nutridor, mágico y determinante para la humanidad. Otorga a los seres humanos alimento, protección, materiales de distinta índole, y eso le confiere un poder crucial en la sociedad (aunque hoy en día se esté perdiendo).

 “Para nuestros antepasados europeos, los rituales mágicos asociados al ciclo agrario del espíritu del árbol fueron un elemento central de sus culturas. En todo el continente, pero especialmente entre los pueblos septentrionales, los aldeanos se dirigían a los árboles y, tras ofrecerles algún regalo, invocaban la acción de sus espíritus con el fin de lograr protección para sí mismos, sus familias, propiedades y ganados, así como en demanda de cosechas abundantes. (…)
[Durante el invierno, las culturas agrarias europeas que adoraban los árboles] comenzaron a adornar las esqueléticas ramas del roble con la intención de hacerlo más atractivo como hogar e incitar al espíritu de la naturaleza huido a volver a morar en él (...)- de las ramas de colores se colgaban telas de colores como amuletos propiciatorios (…) Así pues, el ancestral y verdadero significado de los adornos que hoy se cuelgan del árbol de Navidad es el de propiciar el regreso de la Naturaleza que, tras hacer brotar la vida vegetal y animal, asegurará nuestra supervivencia un año más.” (Rodríguez, Ritos y Tradiciones de la Navidad, p. 138-139)
Creo que con esta explicación las demás palabras sobran.

La re-lectura más chunga ever: San Bonifacio en la Germania

Pasar del culto panteísta al espíritus del árbol al abeto cristianizado fue un paso necesario, pues los pueblos europeos estaban tan ligados al culto arbóreo que haber intentado suprimirlo habría sido como tirar piedras a su propio tejado. Pero hay una explicación muy convincente que explica el paso del culto arbóreo genérico europeo a árboles de hoja caduca como el roble a los árboles de hoja perenne de los territorios del norte. Y como diría Cervantes... con la iglesia hemos topado.

San Bonifacio fue un monje inglés que llegó a los territorios de Germania el siglo VII, con la intención de convertir en masa a los habitantes de esas bárbaras regiones. Estando en ese territorio, el santo fue testigo de los cultos de marcado carácter pagano que llevaban a cabo las gentes durante el solsticio, sin duda relatados a la concepción germánica del árbol como axis mundii, y la sacralidad de este en sus mitos, ya sea como estructurador de los nueve mundos -el Yggdrasil- o como fuente de magia. San Bonifacio decidió emplearse a fondo para cambiar las mentes de la gente. Allí asemejó simbólicamente el abeto a la Santa Trinidad (porque era triangular... ojo al dato), y los conversos pasaron a considerar el abeto como árbol de Dios. Hasta el siglo XII se sabe de sitios donde lo colgaban boca abajo. En el resto de Europa, donde no estaban familiarizados con el culto al abeto, sino al roble, se dijo que “un roble que los germanos paganos creían sagrado cayó sobre un abeto -posibilidad harto difícil ya que ambos árboles crecen en hábitats distintos- pero al quedar éste milagrosamente intacto, san Bonifacio (…) proclamó que el abeto era “el árbol del niño Jesús”.

Además, el pino y el abeto ya tenían cierta tradición sagrada en Roma, con lo que el cambio estético no costó tanto como se esperaba, y, al fin y al cabo, se mantenía la idea principal, que era rendir culto a un árbol. La expansión del abeto como celebración navideña anual no se hizo de forma extensa en Europa hasta el siglo XVII y XVIII. Primero fue Alemania, pero luego, con el dominio alemán de la corona inglesa antes del reinado de la reina Victoria, esa celebración llegó al reino Unido, y de allí, a la eternidad. Pasarían aún años hasta que el abeto llegara a los países meridionales de Europa.

A inicios del siglo XX el abeto hizo su entrada triunfal en los Estados Unidos, donde se llenó de superficialidad y demás locuras tergiversantes a las que nos tienen acostumbrados los yankees. No sería hasta los años treinta cuando el árbol de Navidad llegó a Francia y España. En esos lugares ya había cultos equivalentes, Yulelogs, Tions, y otras fiestas arbóreas locales que se adaptaron a la llegada de el árbol triangular de la Santa Trinidad (dejad que me ría). Pero lo cierto es que el abeto trajo consigo bastante polémica. Incluso durante los años cincuenta había gente que escribía los periódicos quejándose de la presencia de esos “árboles de Nöel” que empezaban a dejarse ver en las ferias navideñas. Pero el mal ya estaba hecho.

Decoraciones y brujerías de todo tipo

Como ya hemos dicho, originariamente los árboles se decoraban en el continento europeo precristiano con cintas y amuletos, con sacrificios de comida y bebida a sus pies. Pero el tiempo fue dando forma a la decoración, cargándola de simbolismo y significado. El primer árbol de Navidad decorado del que se tiene constancia dataría del siglo XVI y habría ocurrido en Riga. Se sabe que ese árbol estaba decorado con pequeñas velas, antecedentes de las actuales lucecitas de Navidad que huelen a mustio, se funden y se enredan cada año. Pero sería en Turingia, allí donde llegó san Bonifacio siglos antes, donde el árbol de Navidad obtendría la mayoría de la tradición decorativa que ha llegado a la actualidad.

Aunque originariamente fueron velas, como ya hemos dicho, las lucecitas que adornan el árbol tienen un origen muy antiguo y sirven a un triple propósito. En primer lugar, son símbolo de la luz que se va perdiendo en el año, la muerte del Sol y su próximo renacer, la fecundidad prometida. En segundo lugar, se trata de un fuego prurificador, como en la mayor parte de las culturas indoeuropeas, el fuego era limpiador de las personas y los animales, curativo y mágico. Finalmente, el cristianismo les aportó una nueva función: un símbolo de Dios como luz del mundo y también como recuerdo de los difuntos.  

En el caso de las piñas, el uso de estos frutos no es algo casual, sino que nos remitimos a la analogía de los frutos secos, frutos que pueden consumirse en invierno, o sea, frutos que salen de la muerte de la naturaleza. Las piñas son, en este caso, símbolo de la vida perenne, del poder de la Naturaleza. Algo parecido sucede con las manzanas y las bolas que hoy en día colgamos y que cuando se caen, a veces afortunadamente rebotan. La manzana es un fruto que en la cultura europea se considera mágico en todas sus expresiones, pues muchos dioses de distintas mitologías lo tienen como emblema. Del mismo modo, el un fruto que se relaciona estrechamente con el Más Allá, ya sea por los mitos como por su forma, pues cuando la cortamos por la mitad aparece una estrella de 5 puntas. Pero simplificando, la manzana, en tanto que fruta, es ya de por sí un símbolo de la fertilidad y el renacer de la abundancia. Las bolas, inventadas en Alemania a inicios del siglo XIX, eran el sustituto de las manzanas, y su uso se expandió tanto que ha llegado a sustituirlas. Finalmente, las estrellas, cuyo significado ya es algo posterior, y adquieren el sentido precristiano, por una parte, de la luz nocturna, haciendo honor al hecho de que sea la noche más larga del año, y de parte cristiana, remitiéndonos a la imagen de la estrella guía de Belén, motivo por el cual el árbol se corona con una estrella, cosa que sería equivalente a clavar una cruz en lo alto de un menhir.

Fuentes:
Wikipedia – Christmas Tree
Pepe Rodríguez – Ritos y Tradiciones de la Navidad